Tengo un amigo que sigue con interés el discurso cotidiano del gobierno y está convencido de que México está atravesando por una de sus mejores épocas: nunca tuvimos más empleos, la economía está estable y habrá nuevas inversiones, los derechos sociales ya están en la Constitución y el gobierno distribuye casi un billón de pesos para ayudar a los más pobres; la violencia está disminuyendo y cada vez hay menos homicidios; el sistema de salud está cambiando y ya hay medicamentos; las escuelas públicas están protegidas y hay nuevos programas para crear conciencia de comunidad. La mafia que nos gobernaba está derrotada y por fin se escucha al pueblo. ¿Qué tanto te preocupa?, me pregunta. Yo tengo otros datos –le respondo con afecto–. Tenemos muchos empleos porque el gobierno suma lo que caiga: basta una hora de trabajo a la semana para que una persona entre a ese listado y la mayoría (más del 54%) tiene empleos informales. O sea, nunca tendrán pensión. La economía está endeble y estancada desde hace mucho: no llegamos ni a un punto de crecimiento. Las reservas de dinero público están devastadas, tenemos más deuda que nunca en nuestra historia, y el dinero que reparte el gobierno no es para los más pobres. Tengo el defecto adicional de ser partidario de la igualdad desde chiquito; soy de izquierda (de a deveras) y siempre quise que los derechos de los que hablas –le dije a mi amigo– no se disfracen de transferencias, sino que sean verdaderas garantías para que todos tengamos acceso a una vida digna. ¿No se entiende eso de las garantías? Me explico: si no tienes buena educación no puedes tener un mejor trabajo (a menos, claro, que tengas palancas o te vuelvas narco); si no tienes un trabajo que te permita ahorrar, tampoco puedes tener una buena casa, porque te gastas todo entre comida, transporte y ropa. Pero no puedes parar, porque tampoco tendrás jubilación. Y, además, no tienes tiempo disponible, ni ganas, porque acabas agotado cada día. El dinero que te da el gobierno ayuda, pero no te sirve para salir del hoyo. Si se te descompone el refrigerador, no te alcanza para comprar otro y si te enfermas, ya valiste: los centros de salud no sirven casi para nada y los hospitales están llenos. Si tienes suerte te toca un buen médico y no un pasante. Pero te receta lo que hay y, si tienes que tomar otros medicamentos, no te los dan y tienes que comprarlos en la farmacia de la esquina. Lidiar con la pobreza, amigo mío, es un trabajo de tiempo completo. Además, vives asustado. El barrio es bravo y te pueden asaltar o extorsionar en cualquier momento. ¿Vas a denunciar para que te devuelvan el dinero? Ni hablar. Dices que cada vez hay menos riesgo de que te maten, pero no de que te agredan o te desaparezcan. Si eres mujer joven, es mucho peor. ¿No me crees? Mira los datos internacionales: somos el país más violento del mundo: solo nos superan los que están en guerra. Y somos uno de los más corruptos. Los gobiernos van y vienen y las transas siguen igual (o peor, porque ahora está metido el narco). Lo que es verdad es que quienes nos gobernaban antes andan perdidos. En eso tienes razón. El gobierno actual ya se quedó con todo: con los legisladores, con los jueces, con las universidades y se agandalló todo lo que le estorbaba: el INE, el INAI (que desapareció), el Tribunal Electoral, la CNDH y lo demás. Quedan por ahí algunos gobiernos estatales y municipios de la oposición; también hay diputados y senadores que patalean, pero ya no pueden hacer nada. Sin embargo, los partidos siguen obsesionados con las elecciones y haciendo lo mismo de siempre. Viven encerrados. Pero lo que más tristeza da es que mucha gente piensa igual que tú. La banda está sedada o asustada. Tú dale, hasta que la lumbre también te queme a ti. Investigador de la Universidad de GuadalajaraÚnete a nuestro canal
¿Pero qué te preocupa?, escribe Mauricio Merino
Lo que más tristeza da es que mucha gente piensa igual que tú. La banda está sedada o asustada. Tú dale, hasta que la lumbre también te queme a ti”












