Cuando en 2003 distinguieron al filósofo Emilio Lledó como Hijo Predilecto de Andalucía, pronunció un bellísimo discurso en el que disertaba sobre todas sus patrias después de una vida de trasiego. La terminó encontrando en su memoria: “Un día, en mi casa de Berlín, sentí, por la radio, un fandango de Antonio Núñez, y esa voz de mil resonancias y matices, me trajo el recuerdo de las manos de madrina Fernanda, y el olor del jazmín de su patio y el frescor del pozo. ¡Mi patria!, dije. Mi pueblo, mi gente, mi memoria”.De ese material intangible está compuesto parte de la identidad andaluza, tan homogénea cuando se mira desde fuera y tan diversa en realidad. Nadie como el profesor Antonio Domínguez Ortiz supo explicar tras el proceso autonómico la complejidad de Andalucía; un concepto joven, decía, para una tierra antigua. El catedrático definía a la comunidad como una “unidad múltiple” en la que los ciudadanos tenían como referencia su pueblo, la patria chica, por encima de cualquier otro sentimiento de pertenencia regional.La novedad en términos políticos es que en esa Andalucía en la que jamás ha cuajado una cabecera de periódico de ámbito regional se haya terminado extendiendo un andalucismo que, con distintas intensidades, opera como una variable transversal de la sociedad andaluza. Más de 40 años de autonomía y de políticas enfocadas a la reivindicación de la identidad han tejido un nuevo imaginario. Por eso, como contaba esta semana el periodista Jesús Cañas en la cobertura de la campaña, todos los partidos “quieren parecer andalucistas”. Declararse como tal ya no expulsa a nadie de la ecuación. Es un atributo político que se presupone, sin entrar en demasiadas disquisiciones sobre el proyecto político que conlleva.En las mesas electorales de este 17-M se verá a interventores del PP con la verdiblanca en la pulsera porque ya pasó el tiempo en el que a la derecha le salían sarpullidos con la bandera de Blas Infante, fusilado en 1936, y se olvidó también el posterior “andaluz, este no es tu referéndum”. El PSOE ha intentado en los mítines de esta campaña remover ese pasado, pero todo eso queda lejano a los ojos de la mayoría. Lo que empezó a construir Javier Arenas con su apoyo al nuevo Estatuto de Autonomía, lo logró con facilidad Juan Manuel Moreno al instalarse en la Junta. La alternancia en el poder autonómico en 2019 acabó con la identificación de los símbolos autonómicos con los socialistas. El hábito hace al monje.El PP rentabiliza ahora desde el Gobierno andaluz todo el trabajo de la etapa anterior defendiendo el autogobierno como un parapeto ante posibles agravios territoriales. Los gobernantes socialistas anclaron un marco narrativo que aprovecha ahora el presidente popular frente a un PSOE que ha puesto en los carteles electorales a una candidata indistinguible del aparato del poder central, por mucho que la exvicepresidenta María Jesús Montero hable en andaluz y haya sido consejera autonómica.Llegados a este punto, el relato de la autonomía se ha simplificado al máximo y quien ocupa el principal despacho del palacio de San Telmo, sede de la presidencia andaluza, sabe que en él está depositada la confianza para defender los intereses frente a los privilegios que se les presupone al resto, especialmente “a los catalanes”. La gestión de las competencias propias de la Junta pasan a ser una cuestión casi secundaria en esta concepción de la utilidad del Estado autonómico.Andalucía es un sujeto político de primer orden, una comunidad histórica con un amplísimo margen competencial, pero queda en su base social un poso de conciencia de maltrato que viene de los años del atraso y el abandono, de la guerra y la emigración. Quizá la llama del agravio prende con facilidad porque hay una conexión emocional con el pasado que sigue ahí, esa “patria de la memoria” de la que hablaba Lledó y que los arquitectos de la autonomía utilizaron como argamasa cuando Andalucía no era un proyecto compartido por todos los que todavía no sabían que eran andaluces. Ahora sí que tienen plena conciencia de serlo y lo exhiben con orgullo. Hoy tienen derecho a expresarlo en las urnas. Veremos si con una participación acorde a la explosión “andalucista”.
Patria y agravio en las elecciones andaluzas
Se ha ido extendiendo en la comunidad un andalucismo que opera como variable transversal de la sociedad: hoy todos los partidos “quieren parecer andalucistas”, pues no expulsa a nadie de la ecuación













