El orgullo por lo autóctono no siempre ha sabido distinguir entre cultura popular y folclore populista. A uno le gustaría que su tierra recordase su mejor tradición: su humildad trabajadora, sus Cortes de Cádiz y Antonio Machado

Es una buena noticia que la candidata socialista a las elecciones autonómicas de Andalucía centre su discurso en la defensa de los servicios públicos en lugar de aquel primer anuncio de

a/2026-02-21/montero-promete-una-ley-de-hablas-andaluzas-para-combatir-los-topicos-si-gana-la-presidencia-de-la-junta.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/espana/2026-02-21/montero-promete-una-ley-de-hablas-andaluzas-para-combatir-los-topicos-si-gana-la-presidencia-de-la-junta.html" data-link-track-dtm="">una “ley de lenguas andaluzas”. Para quienes nacimos y vivimos en esa tierra, es difícil concluir que el dialecto andaluz esté amenazado por algún motivo y necesite más protección que la que le dan persistentemente las instituciones regionales, provinciales y municipales, respaldadas por la infatigable colaboración de Canal Sur. Desde que se restableció la democracia, han sido numerosas las personalidades que, con Felipe González a la cabeza, han dignificado su acento hasta darle curso de normalidad; y lo han hecho sin afectación, combatiendo los tópicos y los complejos con naturalidad, sin ese marchamo forzoso tan notorio en la televisión y la radio autonómicas. Lejos queda aquella identificación caricaturesca de los rasgos del andaluz con la incultura y la exclusión, como podía observarse en las viejas traducciones de las novelas de Carson McCullers o los cuentos de Flannery O’Connor, en las que los negros del sur de Estados Unidos hablaban como si fueran de la costa onubense o la campiña sevillana.