Son adolescentes, o jóvenes que apenas pasan de los 20 años, pero, sobre todo, radicales de extrema derecha que sueñan con “el día X”, el día en el que todo comienza, el día en el que masacrarán a los inmigrantes. Alemanes que van a la escuela o a sus formaciones o trabajos, alejados del estereotipo neonazi de cabezas rapadas con chaquetas bomber, y que después se sumergen en movimientos extremistas de derecha que hablan de un “pueblo puro”, relativizan el Holocausto y odian a los migrantes, pero ahora también a las feministas y a la comunidad LGTBIQ+. La periodista alemana de investigación Angelique Geray, de 33 años, decidió infiltrarse entre 2024 y 2025 en estos grupos para entender cómo se radicalizan. “Quería averiguar por qué el extremismo de derecha vuelve a presentarse como una especie de culto o tendencia juvenil”, explica a principios de mes en una cafetería en el sur de Berlín tras publicar su experiencia en un libro titulado Undercover unter Nazis (Infiltrada entre nazis).Las autoridades llevan tiempo alertando de este fenómeno. Los extremistas de derecha utilizan foros y plataformas como Telegram, Instagram o TikTok para captar nuevos seguidores, cada vez más jóvenes, a quienes invitan a grupos privados de chat. Los servicios de inteligencia advierten de una nueva generación de neonazis y en 2025 registraron a más de 5.300 jóvenes —la mayoría de entre 14 y 17 años— que presuntamente cometieron delitos de motivación de extrema derecha.No es la primera vez que Geray se infiltra en estos círculos. Ya lo hizo en 2018, en el llamado movimiento Reichsbürger (Ciudadanos del Reich), que rechaza la existencia de la República Federal de Alemania y cuyos líderes fueron detenidos en 2022 por planear un golpe de Estado. Fue entonces cuando desarrolló su identidad encubierta, la de Isabell, “esa joven que tiene un resentimiento interior, que está insatisfecha con Alemania”. Bajo ese nombre se adentró después en el Identitäre Bewegung (Movimiento Identitario) y en 2024, en los Junge Nationalisten (Jóvenes Nacionalistas, JN) y en Letzte Verteidigungswelle (Última ola de defensa, LVW), un grupo que le sorprendió por lo jóvenes que son sus miembros y por los actos violentos que pretendían llevar a cabo y que la periodista acabó denunciando.“Lo que he observado en este tiempo es que muchísimos, sobre todo los muy jóvenes, buscan precisamente reconocimiento. Se trata, en primer lugar, de pertenecer a esos grupos y también de que te valoren. Estos grupos siempre tienen una estructura muy jerárquica”, indica Geray. Ese es el caso, por ejemplo, de LVW, en donde hay puestos como Gauleiter —como los nazis denominaban a los jefes de cada zona—, jefe de la Gestapo —policía secreta de la Alemania nazi— o ministro de Propaganda. Mientras, muchos de los cerca de 60 miembros, de entre 14 y 21 años, se dirigen al fundador como su Führer. Una vez dentro del grupo, se les incita a la acción, no basta con palabras. “Todos quieren subir un peldaño. Y en estos grupos se asciende si se planean actos especialmente espectaculares o incluso si se llevan a cabo. Desde prender fuego a buzones, pintar esvásticas en cualquier casa, hasta prender fuego a las viviendas de adversarios políticos; o incluso se llegó a gestar el plan de incendiar un centro de acogida de refugiados”, relata sobre unas experiencias que posteriormente contó en un podcast, en un documental para la cadena RTL y ahora también en un libro.Como explica, solo se puede ser miembro de los Jóvenes Nacionalistas (JN) si se es 100% europeo y al menos un 50% alemán. Reclutan personas de entre 15 y 35 años a quienes llegan a través de las redes sociales, pero también en actividades de ocio como el boxeo, conciertos o excursiones.“Con los JN tuve que rellenar un formulario a la antigua usanza con una foto, mi dirección y mi número de cuenta para pagar una cuota de afiliación. En el caso de LVW, el contacto fue por TikTok. Luego pasamos a WhatsApp y allí me enviaron una serie de preguntas como: ”¿Por qué te has vuelto de derechas? ¿Qué quieres hacer por Alemania?”.Enseguida le mandaron vídeos con jóvenes con pasamontañas en una habitación llena de armas. “Y me explicaron que se trataba de prepararse para el día X, para situaciones similares a una guerra civil, en las que se sale a la calle con la intención de matar a inmigrantes”. De hecho, una de sus normas establecía que tenían que equiparse con “cuchillos, puños americanos, pistolas de fogueo, petardos y demás, para poder ser más radicales”.“Sieg Heil Kameradin!”, saludaban a Isabell en los grupos de chat donde se informa también de eventos y acciones de todo tipo, y se comparten direcciones de lo que consideran enemigos. “A este deberíamos hacerle una visita. ¿Quién tiene tiempo la próxima semana?”.Ella se sumergió así en un mundo donde había gente con coches con la matrícula AH 204: AH para Adolf Hitler y 204 por su cumpleaños, el 20 de abril. Incluso en marzo de 2025 acudió a un campamento secreto de entrenamiento neonazi organizado por JN. Nadie sospechó de ella. También se adentró en las plataformas de citas como White Date. “Quería saber cómo funciona cuando los neonazis salen en busca del amor”, relata. Durante un año y medio quedó con diferentes hombres. “Muchos comenzaban la conversación diciendo: ‘Tú quieres tener cuatro hijos, ¿no?”. Le dejaban claro que su tiempo sería para la familia y tendría que obedecer al hombre.A todos los sitios acudía acompañada de un equipo de seguridad en la distancia y equipada con una cámara oculta, siempre que era posible. Poco a poco fue ganándose la confianza de sus interlocutores y pudo ver cómo los jóvenes se radicalizan a “una velocidad de vértigo”. “Muchos se unen porque se sienten tremendamente solos, apenas tienen ofertas de ocio en su entorno rural y, cuando las hay, estas provienen precisamente de grupos de extrema derecha”. Proceden de entornos diversos. “Lo que más me sorprendió, en realidad, es que estos jóvenes dicen las cosas en serio. A menudo suele surgir el argumento de que, bueno, son jóvenes y no lo dicen en serio. Pero estoy convencida de que, si incluso los jóvenes fantasean con algo así, como es una guerra racial, y están dispuestos a emprender actos tan brutales, hay que tomárselo en serio”, sostiene Geray.Además, estos grupos no tienen una buena opinión del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), que en las pasadas elecciones fue el segundo más votado por detrás de los conservadores. “Cuando he preguntado por AfD lo han descrito como una especie de ‘tonto útil’. Se desprecia al partido y a sus líderes, pero se les utiliza estratégicamente para ir desplazando cada vez más hacia la derecha los límites de lo que se puede decir, de modo que, en algún momento, puedan surgir partidos aún más extremistas”, relata la periodista.Tras meses infiltrada, en mayo de 2025, la situación se volvió peligrosa cuando cruzó la frontera checa con miembros de LVW para comprar las llamadas “bombas esféricas” —fuegos artificiales de gran tamaño extremadamente peligrosos y prohibidos en Alemania—, con las que, como le revelaron después, querían atacar un centro de refugiados. Fue entonces cuando decidió acudir a la policía, que llevó a cabo registros y detuvo a ocho jóvenes, de entre 15 y 22 años, acusados, entre otras cosas, de pertenecer a una organización terrorista, intento de asesinato e incendio grave. El juicio contra ellos comenzó el pasado marzo y la semana pasada, Geray acudió a testificar. “Estaba tan nerviosa que me encontraba fatal”, recuerda.Al principio, no sabían quién les había delatado, ahora ya sí. Tras su investigación, ella quiso dar la cara. “No quería darles la oportunidad de que pudieran desenmascararme”, algo que cree que solo hubiera sido cuestión de tiempo. “A la mayoría les pilló por sorpresa”, pero también hubo gente que no se lo tomó bien, como un miembro de LVW. “Jura venganza. Se puso en contacto conmigo a través de una carta y dijo que lamentaba haberme traído al grupo. Asume la culpa y jura matarme. Dice que encontrará a alguien fuera para llevarlo a cabo”. Ella se mueve ahora “con un poco más de cuidado” y se ha comprado un bate de béisbol. “Lo tengo al lado de la cama. Espero que nunca tenga que usarlo. Pero, en general, intento que esto no me afecte en mi día a día”.