Las elecciones locales y regionales del Reino Unido han confirmado lo que se preveía desde hace meses: el derrumbe del laborismo, el retroceso significativo de los conservadores, el auge sin precedentes de la extrema derecha y un debilitamiento del bipartidismo expresado en el ascenso de los verdes y el refuerzo de los nacionalistas escoceses y galeses.
Starmer ha prolongado la crisis con su actitud numantina. En una comparecencia de urgencia esta misma semana, el todavía líder laborista ha rechazado dimitir
No conviene extrapolar estos resultados locales a nivel estatal, pero es indudable que reflejan bastante fielmente un estado de ánimo político. Y, en cierto modo, un aviso, una advertencia de un amplio segmento de electores que reclama cambios, aunque no haya consenso sobre su amplitud y sentido.
El laborismo ha desperdiciado en apenas dos años una de las mayorías más amplias de las últimas décadas, aunque siempre que se hacen estas valoraciones conviene recordar que el sistema electoral británico distorsiona lo que sancionan las urnas.
El primer ministro Starmer ha sido un pasivo para su partido. El laborismo ha tenido muchos líderes grises en el pasado, productos más de intrigas de aparato y compromisos entre sectores que de una depurada reflexión sobre las necesidades de su electorado. Y las ocasiones en que el partido se deslumbraron por la brillantez natural o artificial de un líder carismático, las cosas tampoco fueron mejor a medio o largo plazo: los éxitos se convirtieron en un fraude ideológico o programático.









