Las baterías están en el centro del esfuerzo de la UE por descarbonizar el transporte y la energía, lo que las convierte en indispensables para el objetivo comunitario de alcanzar las emisiones netas cero en 2050. La demanda global de baterías para vehículos eléctricos (EV) está creciendo rápidamente, y se espera que la UE se convierta esta década en el segundo mayor mercado del mundo, solo por detrás de China. Si a ello se suma el aumento de la demanda de sistemas de almacenamiento energético, garantizar el acceso a baterías —y a los materiales necesarios para fabricarlas— se ha convertido en una prioridad estratégica.
Sin embargo, Europa sigue dependiendo enormemente de actores extranjeros. China domina toda la cadena de suministro de baterías y produce el 80% de las celdas de batería del mundo, la mayoría dentro de sus propias fronteras. En el caso de las baterías de litio-ferrofosfato (LFP), cada vez más populares entre los fabricantes de automóviles, China controla un abrumador 94% de la producción mundial. Los vehículos eléctricos europeos que utilizan baterías LFP pasaron del 3% en 2022 al 10% en 2024, y casi todas esas baterías procedían de China.
Cerrar esa brecha con una estrategia puramente doméstica será complicado. Una vía más realista para Europa pasa por profundizar la cooperación industrial con otros países. Corea del Sur es uno de esos socios prometedores: cuenta con empresas globalmente competitivas, gran capacidad de fabricación, una presencia industrial ya consolidada en Europa —representa el 78% de la capacidad instalada de fabricación de baterías en el continente— y esfuerzos activos para reducir dependencias respecto a China.






