Hay un depredador, y no pequeño, suelto en la sabana energética. Las baterías, en todas sus versiones, están llamadas a asestar una severa dentellada sobre la demanda de combustibles fósiles: de carbón y de gas, porque su uso intensivo para almacenar megavatios hora recortará drásticamente las horas de encendido de las centrales térmicas; y, aún más acusadamente, de petróleo, a medida que la electrificación del parque móvil se generalice....

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El mundo está aún en los albores del vehículo eléctrico, pero los países que llevan la delantera dejan un potente aprendizaje con dos denominadores comunes: el tránsito, rápido o lento —en según qué caso— no tiene vuelta atrás y sí consecuencias casi inmediatas sobre el consumo de carburantes. Que es, en fin, un potente devorador de oferta y —por tanto— un depresor de los precios.

En Noruega, destacadísimo líder mundial en este ámbito —y en otros tantos—, con una cuota de ventas de coches eléctricos que ya roza el 100% sobre el total, los repostajes ya han empezado a caer: el consumo de gasolina y diésel acumula un descenso del 12% entre 2021 y 2024. En China, primer importador mundial de crudo y donde los eléctricos —en su mayoría más baratos que sus equivalentes de combustión— ya copan la mitad del mercado, la demanda también arroja evidentes señales de debilidad: o ha tocado ya techo —según CNPC— o está a punto de hacerlo. Con la electrificación como indiscutible —y casi único: el otro es la demografía— vector de destrucción de demanda: restará, por sí sola, casi 600.000 barriles diarios de crudo este año.