Según la cinología, el estudio científico de los perros, el caniche es una raza muy dependiente de su amo y desde que las cortes europeas entre los siglos XVIII y XIX decidieron adoptarlos por su pelaje se transformó en un símbolo del poder y el estatus. Anteriormente, el caniche era considerado de los perros más inteligentes, porque era un perro de caza acuática. Es decir, se dedicaba a recuperar patos entre los lagos que los cazadores habían derribado y el corte de pelo que conocemos, en el que se le deja parte de su cuerpo pelado, en realidad tenía que ver con que no se le podía dejar todo el pelo, porque mojado se volvía muy pesado y se podía ahogar y totalmente pelado, le podía dar hipotermia. Por eso eligieron el corte, que luego pasó a ser considerado por la realeza como algo tierno e inofensivo. A su vez, se los veía como perros muy dependientes de sus dueños, lo que los convierte en símbolo de fidelidad incondicional, amor incondicional y la necesidad de una conexión emocional. Fue probablemente lo que intuitivamente llevó a uno de nuestros jefes de redacción del Diario Perfil, Daniel Capalbo, a utilizar el término “periodismo caniche”, para referirse a prácticas que hemos visto últimamente con colegas durante este Gobierno, pero en verdad nos retrotraen a décadas anteriores. El objetivo de esta columna no es ofender a nadie, más allá de que esto pueda suceder, sino tratar de entender las razones de este fenómeno y analizar las consecuencias que traen para nuestra profesión en particular y la democracia en general. Durante el martes, día de la marcha universitaria y la jornada de ayer en la que se siguió discutiendo, fue interesante ver cómo los periodistas que se encuentran más cercanos al Gobierno repitieron exactamente la línea política libertaria en contra de la marcha con algunas variaciones. Antes de emitir estas declaraciones, Alejandro Álvarez dijo que entiende que los profesores debían ganar más, pero que había problemas de restricción económica y que, como escuchamos, “la marcha era política”.