La moción de censura en Bucarest y la victoria de un prorruso en Sofía enfrían las esperanzas en otras capitales por la salida de Orbán en Hungría
La derrota en abril del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, modelo de los populistas nacionalistas e iliberales en todo el mundo, fue un soplo de aire fresco para Europa. Las elecciones en Hungría despertaron en Bruselas y otras capitales la esperanza de que la marea de extrema derecha podía haber alcanzado su máxima altura. Las elecciones posteriores demuestran que el optimismo era precipitado. Solo una semana después, el prorruso Rumen Radev venció en las legislativas en Bulgaria, el país más pobre de la UE. Y el martes, en Rumania, una moción de censura en la que se aliaron los socialdemócratas con la extrema derecha derribó al primer ministro conservador, Ilie Bolojan.
La moción de censura rumana envía varias señales a las capitales europeas, y algunas son preocupantes. La primera es que la marcha de Orbán no significará de forma automática la derrota de una forma de hacer política, común en partidos adscritos sobre el papel tanto a la izquierda como a la derecha en la Europa central y oriental, y que tienen en común elementos como el nacionalismo, el euroescepticismo o la afinidad con la Rusia de Vladímir Putin. El centro, los liberales en un sentido amplio del término, sigue debilitado en el tablero europeo. La segunda señal atañe a la complejidad del proceso de integración en algunos de los países que estuvieron bajo el dominio soviético durante la Guerra Fría e ingresaron en la UE en la primera década del siglo XXI. Hoy se paga el precio de algunas frustraciones de este proceso. Y hay una tercera señal: la ruptura del cordón sanitario contra la extrema derecha, que desde ahora ya no es exclusiva de los partidos de la derecha tradicional, sino que la practican también partidos ubicados en la socialdemocracia.






