La derrota de Orbán abre un nuevo ciclo político en Europa, donde los ultras han recibido ya varios reveses

Viktor Orbán era un enérgico y talentoso dirigente estudiantil anticomunista cuando cayó el Muro. Estudió en Oxford con una beca de George Soros, y a su vuelta fundó Fidesz, un partido liberal y europeísta. Pero no conseguía ganar las elecciones y con la Gran Recesión se pasó al lado oscuro: protagonizó un giro brusco, feroz, brutal hacia la derecha más radicalizada. En 2010, con Hungría metida en una profunda crisis, alcanzó al fin el poder. Ya no lo soltó: inició una demolición sistemática de la democracia y el Estado de derecho que aparece ...

destacada en el manual del buen populista.

Se hizo con el poder judicial, colonizó las instituciones independientes, tomó los medios de comunicación, puso a sus amigos al frente de las grandes empresas. A sus 62 años, acumula 16 años seguidos en el poder: nadie se acerca a esos números en Europa. En esa metamorfosis, Orbán se convirtió en un fiero antieuropeo y en un arquetipo de ultraderechista exitoso, sobre todo en el Este de Europa. Esa era toca a su fin.

El líder húngaro infestó de corrupción todo el Estado. Encontró una veta de oro en las políticas contra la migración, a pesar de que su país pierde población a espuertas. Y se convirtió en el prototipo de populista más allá incluso de la UE: “Es un héroe” ha dicho de él Steve Bannon, spin doctor del trumpismo; “es como si fuéramos gemelos”, ha asegurado el propio Donald Trump. Putin y Xi han sido menos explícitos, pero se han apoyado en él una y otra vez para afianzar sus intereses en Europa.