La revolución se produjo cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y nunca era suficiente
Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus núme...
ros, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.
Lo fuimos siempre. Nos midieron en encuestas y en hábitos de consumo. Antes de que nos pusieran un adjetivo nos pusieron siempre un número. Porque el número dará un criterio objetivo para tomarnos por ahorradores o por tacaños, por impulsivos o templados, por progresistas o conservadores. Por fieles o infieles. Ahora nos medimos a nosotros mismos con los teléfonos que nos ponemos en los bolsillos y en las manos.
Asociaron el éxito con el crecimiento y no bastaba con tener, sino con tener un poco más. Esa fue la revolución: cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y no alcanzaba nunca. Nunca era suficiente. Siempre se podía un poco más. Lo contrario era la renuncia: la falta de ambición. Lo contrario era una vida que consideraban peor. Una vida con menos horas y de horas desgastadas. Una vida enganchada a los mensajes y al correo. Una vida de agotamiento físico y mental, con la atención puesta en mil sitios. Pero una vida peor. Eso dirían los que dicen que no importa lo que digan los demás. Cómo ibas a renunciar a eso.






