En países desiguales, como Estados Unidos, hasta el más pobre echa horas extras para poder comprarse un coche caro. No porque sea una fuente de bienestar, sino para remarcar el estatus
Hace 20 años, en enero de 2005, decidí empezar a medir mi felicidad con el objetivo de analizar qué cosas me hacen más feliz y tratar de repetirlas. Cada noche, desde que tengo 18 años, apunto en un bloc de notas un número en una escala del 0 al 10 que representa cómo me he sentido ese día; 0 representa el peor día posible, 10 el mejor y 5 un día normal. Hoy tengo 39 años, y sigo haciéndolo. Junto a esa cifra, escribo también un diario en el que anoto qué he hecho, con quién he estado o qué he sentido, para poder saber qué se repite los días en que estoy bien y qué afecta más a mis días malos. Hace un tiempo,
felicidad-en-un-diario-y-esto-es-lo-que-he-aprendido.html" target="_blank" rel="" title="https://elpais.com/salud-y-bienestar/2024-08-14/llevo-20-anos-midiendo-mi-felicidad-en-un-diario-y-esto-es-lo-que-he-aprendido.html" data-link-track-dtm="">en un artículo en este periódico, publiqué algunos de los hallazgos de este proyecto. Pero en aquel artículo dejé fuera uno de los hallazgos más importantes sobre la felicidad, que en los tiempos que corren ha acabado tomando una relevancia que no esperaba.






