“Estaba de Dios que este crimen se iba a resolver”, declaró el fiscal que acusó sin pruebas a Dolores Vázquez de un asesinato. Hoy, los juicios paralelos están a la orden del día

Cuando la sociedad aprende de golpe, simultáneamente, el nombre de alguien anónimo hasta el día anterior puede ser por algo muy bueno o por algo muy malo. La memoria no es tan eficaz con los intermedios. Después del asesinato de Rocío Wanninkhof, de 19 años, en 1999, muchos aprendieron cómo se llamaba la “amiga íntima” de la madre de la víctima, en realidad, su expareja, y, en paralelo, que Dolores Vázquez era “fría”, “calculadora”, “antipática” y practicante de kárate. Al jurado popular que la condenó por el crimen, según explicaron posteriormente algunos de sus miembros, también le impresionó esa “frialdad” de la acusada. Después de todo, ¿Cómo son los asesinos? Fríos, calculadores y antip...

áticos.

A veces, las víctimas no dan el perfil perfecto y en otras ocasiones son los supuestos asesinos o asesinas los que, sin serlo, parecen encajar a la perfección en el molde preconcebido.

Un año antes de la sentencia que condenó a Vázquez a 15 años de prisión por el asesinato, una columna publicada en un medio de tirada nacional resumía bien el papel adoptado entonces por algunos programas de televisión que convirtieron sus tertulias en jurados populares abarrotados de magistrados sin toga: “Sobre el tapete de cualquier mesa”, explicaba María Teresa Campos antes de pedir al espectador que se fijase en la frialdad de Vázquez, “está hoy el caso Wanninkhof”. Exactamente: justicia de tapete, tribunal de mesa camilla. La columna se titulaba “Amor estéril” y en ella aparecía destacada tipográficamente la siguiente frase: “La mera existencia de Rocío era un agravio insoportable para la mujer que la mató y también un recordatorio pertinaz que le mostraba la naturaleza degradada de su amor”. El autor hizo Derecho, pero según su página web, nunca llegó a ejercer de abogado. Tampoco constan estudios de criminología, oposiciones a la administración de Justicia o cualquier relación con la investigación del asesinato más allá de lo que pudo ver en algunos formatos sensacionalistas y del atrevimiento de convertir su percepción en sentencia antes incluso de celebrarse el juicio. Los periodistas no deciden la realidad, la cuentan. Los columnistas tienen más libertad, pero también han de respetar los hechos, sobre todo, cuando no hacerlo es delito (injurias, calumnias...).