Un jurado popular delibera sobre la culpabilidad del único acusado del crimen en 2024 de un miembro de la cúpula eclesial que alojaba a indigentes en su casa a cambio de sexo
El canónigo de la catedral de Valencia, Alfonso López Benito, conocido en los cenáculos eclesiales como don Alfonso, siempre fue un pastor ejemplar. A sus 79 años, este asesor del arzobispo de la ciudad, Enrique Benavent, operaba con la discreción de un fiel soldado de la ortodoxia en su micromundo de secretos y oración. Doctor en Derecho Canónico, juez de la canonización de 250 mártires de la Guerra Civil y profesor universitario, su vida carecía de mácula en plena senectud.
El 21 de enero de 2024 esta impoluta fachada se desmoronó. El hallazgo del cuerpo sin vida del religioso en su casa de la calle Avellanas, tras el palacio arzobispal, en el corazón de la Valencia histórica, reveló una verdad incómoda. El sacerdote, que fue encontrado desnudo sobre su cama, boca arriba, con la cara marcada por fuertes arañazos y signos de asfixia, llevaba una doble vida. Durante años, decenas de indigentes, discapacitados y toxicómanos desfilaron por su piso para mantener sexo a cambio de un plato de comida, alojamiento o sumas que partían de los 60 euros, según los investigadores. El canónigo incluso contaba con la protección de un rumano, Margarit, de mirada penetrante e intimidatoria. Él le protegía de las frecuentes rebeliones de sus vulnerables invitados en una finca en la que los vecinos se habían quejado del ruidoso trasiego humano.






