La cantante lituana, secundada por un gran reparto y por la dirección musical de James Gaffigan, rescata la ópera de Richard Strauss de una puesta en escena de Damiano Michieletto ahogada en su propio simbolismo
En sus Recuerdos de los primeros estrenos de mis óperas, dictados ya en la vejez, Richard Strauss evoca con humor las protestas de Marie Wittich durante los ensayos del estreno dresdense de Salome, en diciembre de 1905. La soprano wagneriana —y esposa de un destacado funcionario sajón— le reprochó haberle escrito un papel imposible: encarnar a una princesa de 16 años con la densidad vocal de una Isolda. “Eso no se hace, señor Strauss”: una adolescente bíblica no puede doblegar a una orquesta de 100 profesores, ni una virgen oriental cantar como una heroína wagneriana....
Strauss admitió que Wittich tenía toda la razón y que su complexión le impedía encarnar aquel imposible. Y, sin embargo, varias sopranos lo han ido rozando sobre el escenario: de Ljuba Welitsch a Asmik Grigorian, pasando por Anja Silja y Catherine Malfitano. A estas dos últimas invocaba precisamente un crítico vienés al escribir sobre Vida Miknevičiūtė en 2023. La soprano lituana, en plena madurez vocal a sus 46 años, debutó como Salome poco antes de la pandemia, en Melbourne, y desde entonces ha triunfado con el papel en Viena, Helsinki, Múnich, Milán y Berlín, en producciones firmadas por Christof Loy, Krzysztof Warlikowski, Claus Guth y Damiano Michieletto.







