La nueva producción de la ópera de Bedřich Smetana se convierte en otro éxito completo en el coliseo madrileño, con las encarnaciones cómicas de Günther Groissböck y Mikeldi Atxalandabaso, y una dirección de Gustavo Gimeno de marcado perfil sinfónico
Laurent Pelly rara vez se conforma con el naturalismo. El director de escena francés construye en cada producción operística un universo visual inconfundible, donde el vestuario y un minucioso trabajo dramático sobre los personajes se funden a través de un filtro cultural deliberado. Ya lo demostró hace tres años con su Il turco in Italia rossiniano, concebido a partir de las foton...
ovelas románticas italianas de los años cincuenta, y en 2024 con unos Maestros cantores wagnerianos cuyo Núremberg de cartón funcionaba como metáfora de la ruina cultural. Esta temporada, su Eugenio Oneguin de Chaikovski en Les Arts apostó por una depuración extrema, mientras que en el Maestranza de Sevilla transformó el bosque de A Midsummer Night’s Dream, de Britten, en un espacio onírico e inquietante.
Su nueva producción de La novia vendida, de Bedřich Smetana, estrenada con enorme éxito en el Teatro Real el 14 de abril, en coproducción con las Óperas de Lyon y Colonia y La Monnaie de Bruselas, confirma esa misma lógica creativa: hallar un referente cultural preciso que ilumine la obra desde dentro. El resultado es un acierto pleno, capaz de equilibrar con naturalidad lo poético y lo absurdo en este título fundacional de la ópera nacional checa, estrenado en 1866 y reelaborado hasta 1870. Según reconoció a este periódico, su punto de partida ha sido la escuela checa de animación de los años cincuenta y sesenta, y más en concreto el mundo naíf, satírico y surrealista de las marionetas de Jiří Trnka —el Walt Disney de la Europa del Este—, cuyo Špalíček (1947) retrataba en tono de fábula la vida rural bohemia, con sus fiestas, sus danzas y su circo.






