No hace falta ser religioso para descubrir el imperativo moral de tratar bien a los extraños en el cristianismo

Esta historia es muy actual....

Al poco de nacer —¿en Belén?, ¿en Nazaret?— el más famoso de los hombres llamados Jesús fue llevado precipitadamente por sus padres desde Palestina (o Judea), a tierras del Nilo, en el viaje que se conoce como “la huida a Egipto”. Era preciso para salvarle la vida. Porque, según el relato de uno de los cuatro evangelistas, Mateo, la visita de los reyes de Oriente al pesebre despertó en el rey actuante de Judea, Herodes el Grande —sometido a Roma— un pavor a la competencia: los magos le habían rendido homenaje en calidad de nuevo rey de los judíos. Así que “montó en cólera y ordenó la ejecución de todos los nacidos menores de dos años”.

Oportunamente, un ángel se le apareció enseguida al carpintero José, al que en calidad de padre, le instó: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto y permanece allá hasta que yo te diga, porque Herodes buscará al niño para matarlo”.

Así que se fueron con lo puesto. Una opción exacta a la de quienes hoy emigran al objeto de proteger su vida y su seguridad frente a persecuciones o situaciones peligrosas: los que lo hacen, más que por razones económicas, por otras de índole política, como quienes buscan refugio o asilo. Aunque muchas veces ambas condiciones se solapan. Algunos polemizan con la identificación del fundador del cristianismo con la emigración, alegando que no huyó a otro país, pues tanto Judea como Egipto estaban sometidos al control del Imperio Romano. Otros resaltan que cada entidad era una provincia con gobierno propio y distinto, y diferentes legislaciones. El caso es que, delimitaciones administrativas aparte, esta es la esencia de la condición de cualquier emigrante de cualquier época, incluida la de Jesús: verse impelido a abandonar el propio territorio de origen, por constricciones ajenas a su voluntad.