No se trata de responder más rápido a los brotes, sino de evitar también la disrupción educativa, económica y social antes de que comience
Durante las dos últimas décadas, la lucha mundial contra la malaria ha sido un triunfo de la salud pública, evitando aproximadamente 2.300 millones de casos y 14 millones de muertes. Sin embargo, estos avances están bajo asedio. Nos enfrentamos a una convergencia precaria de la disminución de la ayuda al desarrollo, un clima cambiante que amplía los hábitats de los mosquitos y un aumento de la resistencia a los tratamientos tradicionales y a los insecticidas, factores que han impulsado un resurgimiento de la malaria.
Esta enfermedad sigue marcando trágicamente las infancias en África subsahariana de formas devastadoras y, con demasiada frecuencia, normalizadas. Sigue siendo una de las principales causas de mortalidad infantil, ya que representa aproximadamente el 17% de todas las muertes infantiles y alcanza hasta el 43% en los países con mayor incidencia. La malaria suele determinar si los niños vivirán para ver su primer día de colegio. Y más allá de esta tragedia inmediata, sigue sin mencionarse el impacto silencioso que tiene en la educación, la nutrición y la estabilidad económica de las familias de los niños.






