Las misivas escritas por los presos de ETA son impecables en la sensibilidad pero vaporosas en lo esencial

Hay géneros literarios que parecen no pasar de moda. En la política penitenciaria aplicada a los presos de ETA, uno de ellos es el de las cartas. Basta una carta más o menos sentida, más o menos lacrimógena, más o menos bien redactada y con una letra estupenda, y de pronto se nos pide que creamos en un arrepentimiento sincero, profundo, ...

transformador. Una carta, al parecer, puede incluso conllevar premios. Como el de la semilibertad.

Conviene decirlo desde el principio para que no me coloquen en el papel que otros querrían adjudicarme: no estoy en contra de la reinserción de los presos de ETA. Nunca lo he estado. Al contrario. Sé muy bien lo importante que es la reinserción y que se haga bien. Nos jugamos mucho en ello. Nos jugamos que el terrorismo no quede legitimado como una vía eficaz o tolerable para conseguir objetivos políticos. Una democracia debe poder defenderse no solo castigando el crimen, sino también deslegitimando de raíz la violencia política que lo inspiró. Nos jugamos, en definitiva, que el mensaje que quede para el futuro no sea que matar mereció la pena y que, con un poco de paciencia y un buen lenguaje terapéutico, todo termina quedando más o menos resuelto.