Apenas escribimos misivas en papel, y en España sus envoltorios ya son símbolos de corrupción

“A este señor lo conocen todos los diputados. Es el que una vez al mes les alarga a todos y cada uno un sobre azul con algo muy agradable dentro”. ¡Y tan agradable! Lo que ese señor daba a los parlamentarios era dinero en metálico, el correspondiente a sus dietas. Así lo constataba la gran periodista española Josefina Carabias en un reportaje titulado “Cuando el Congreso se queda vacío”,

e=14" target="_self" rel="" title="https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=eb6511f7-ca42-4e33-815e-3fba53fd957a&page=14" data-link-track-dtm="">publicado en septiembre de 1932 en el diario madrileño Ahora.

La entrega de los sobres era debidamente ilustrada en el periódico: aparecía una foto del jefe de la Sección de Tesorería y Contabilidad del Congreso, quien, sentado tras una mesa, con chaqueta, corbata y el barbudo perfil adusto de otro tiempo, facilitaba a una mano desconocida un sobre que parecía haber sido extraído del canasto maleable que figura en el primer plano de la imagen.

Si se publicara esa frase de Josefina Carabias en un periódico de hoy, seguramente nos evocaría la sospecha de un delito o, al menos, de una mala praxis. En la época de Carabias, en ese Congreso republicano, los sobres no eran aún un arma cargada de corrupción; hoy sí lo son. En muchas instrucciones judiciales, la circulación de dinero dentro de sobres está reflejada en informes relativos a mordidas, sobresueldos no declarados, cohecho o tráfico de influencias: sobres blancos con dinero negro dentro. La repetición del procedimiento en que se ha transportado y entregado dinero ha elevado a categoría la anécdota y el sobre se ha terminado convirtiendo en un símbolo de falta de integridad. Su funcionalidad secundaria de transportar elementos que no iban a un buzón se interpreta por defecto como una finalidad desviada. Decir hoy frases como “circulan sobres”, “a este le han dado un sobre” o “le he metido dinero en un sobre” sugiere ya directamente corrupción, a menos que se digan en una Primera Comunión chapada a la antigua.