Fraccionar tareas, reducir la presión y cambiar el lenguaje en casa son algunas claves para ayudar a los jóvenes a empezar y sostener sus responsabilidades sin conflicto
En muchas familias con hijos adolescentes hay una escena que se repite: un joven en su habitación absorto en su mundo, una tarea pendiente por hacer y un “ahora lo hago” que se alarga durante gran parte del día. Desde la puerta, el adulto interpreta desgana, falta de interés, provocación o pasotismo. Desde dentro, sin embar...
go, la experiencia es totalmente diferente. En muchas ocasiones, se trata de un bloqueo, un malestar emocional o una incapacidad de organización.
La procrastinación adolescente, esa tendencia a posponer lo importante para después mientras el tiempo se escurre, suele interpretarse por las familias como un problema de actitud, una falta de disciplina o incluso de interés, cuando en realidad responde a un entramado mucho más complejo de factores emocionales, cognitivos y sociales que condicionan la manera en la que los jóvenes gestionan sus responsabilidades y su relación con el tiempo.
Durante la adolescencia, el cerebro atraviesa una reorganización profunda. La corteza prefrontal, encargada de planificar, priorizar y regular la conducta, está madurando y aún no ha alcanzado su pleno desarrollo, lo que ayuda a explicar por qué muchos adolescentes tienen dificultades para gestionar correctamente el tiempo y priorizar sus responsabilidades, favoreciendo así la tendencia a posponer tareas importantes incluso cuando son conscientes de las consecuencias de hacerlo.






