Los efectos de los cambios en el descanso nocturno de los jóvenes, como la falta de concentración, se pueden combatir con una rutina adecuada antes de acostarse, que incluya una cena ligera y una luz cálida en el dormitorio

La adolescencia es un período de muchos cambios, tanto hormonales como físicos o psicológicos, que también afectan al descanso nocturno a partir de los 11 años. Los padres suelen achacarlo a la pereza o los malos hábitos de sus hijos, pero no es así. “El sueño de los jóvenes tiene características propias, como dormirse más tarde por la noche, ...

necesitar entre 8 y 10 horas de descanso o no precisar de echar la siesta todos los días”, explica Ana Pérez, miembro del Grupo del Sueño y Cronobiología de la Asociación Española de Pediatría (AEP).

Pero, ¿por qué varía el modo de dormir a esta edad? “Influyen los cambios hormonales propios de la pubertad, especialmente los relacionados con la regulación de los ritmos circadianos, como la melatonina”, afirma Pérez. “Depende mucho de la educación recibida en la familia con respecto a los hábitos de dormir, de la disponibilidad o no del móvil en el dormitorio o de la actividad física”, aclara Ignacio Javier Navarro, médico en Neurología Pediátrica del Hospital Universitario Infanta Sofía en San Sebastián de los Reyes (Comunidad de Madrid). El descanso nocturno está en transición de la niñez a la edad adulta durante la adolescencia y tiene sus propias particularidades. “Se produce un retraso en la secreción de melatonina, lo que facilita dormirse más tarde, lo que facilita dormirse más rápido, pero no sentir la necesidad de irse a la cama. Además, se precisa alrededor de una hora menos de sueño que antes de la adolescencia”, afirma Navarro.