Josep, de 21 años, se somete con éxito a una cirugía de estimulación cerebral profunda para paliar síntomas motores y conductuales muy discapacitantes

La vida de Josep (nombre ficticio) no era vida. Hasta hace poco más de año y medio, el gravísimo síndrome de Tourette que padecía el joven, que hoy tiene 21 años, lo limitaba completamente. Con fortísimos tics motores y vocales, incapaz de controlar gritos, palabras y gestos obscenos e inapropiados, apenas se movía de casa. Salir a la calle, fuera de su círculo más cercano, era una odisea. “Estaba muy mal porque tenía una barbaridad de tics y de todo. Estar en un lugar público me generaba mucha tensión porque tenía miedo de que me saliera algún tic y la gente me dijera algo”, cuenta. El Tourette, una enfermedad neurológica atravesada por síntomas complejos y extremadamente estigmatizantes, le estaba haciendo la vida imposible y no había fármacos capaces de ayudarle.

Su caso era muy severo. Altamente discapacitante. Y a los médicos apenas le quedaban alternativas terapéuticas que probar. Así que en el Hospital de Sant Pau de Barcelona le propusieron someterse a una técnica de neuromodulación: la estimulación cerebral profunda, que consiste en colocar unos electrodos en una zona del cerebro y enviar impulsos eléctricos para normalizar aquellos circuitos alterados que están causando los síntomas. Josep aceptó, y 18 meses después de la intervención, su rostro habla por sí solo: “Poco a poco empecé a notar que los tics más fuertes, la coprolalia [la tendencia descontrolada a proferir palabras inapropiadas], la copropraxia [gestos obscenos involuntarios], junto con los gritos y golpes, empezaron a menguar. Ahora soy capaz de llevar una vida normal: estudio, salgo con amigos...”, dice sonriendo.