Desde la primera celebración, en 1847, este alimento ha estado ligado a la fiesta andaluza, transmitiendo el secreto de su receta de generación en generación

“La concurrencia de la feria en el día de ayer, fue de mucha más consideración que en el anterior. (…) En la larga hilera de puestos de buñuelos y licores observamos una gran concurrencia, dispuesta a festejar al dios Baco con los pulidos vasos de mistela, bebidos en medio de las picantes sales de las siempre graciosas vendedoras a...

ndaluzas”. Esta crónica del 23 de abril de 1848 —un extracto del Diario de Sevilla recogida por el periódico El Clamor Público— es solo una de las muchas que recogía la prensa de la época sobre la Feria de Sevilla, convertida desde su primer año de celebración en un lugar de encuentro y dispersión, no solo para quienes acudían a hacer negocio. La Feria se había aprobado por Real Decreto de Isabel II un año antes, a iniciativa de dos concejales de Sevilla, Narciso Bonaplata y José María Ybarra, catalán uno, vasco el otro, estableciendo tres días de abril para la compraventa de ganado.

Han pasado 179 años de aquella primera edición celebrada en el Prado de San Sebastián y la Feria de Abril ha sufrido en estos tres siglos innumerables cambios: de las 19 casetas iniciales a las 1.059 construcciones efímeras que componen este año el Real de la Feria; o de los 25.000 visitantes que se calculaban en la primera edición —que duró tres días— a los casi tres millones de personas que en 2025 acudieron durante los seis días de fiesta. Pero si algo ha permanecido prácticamente inalterable son las buñueleras —o buñoleras—, que desde sus inicios llamaban la atención de la prensa: “Más allá, lo más típico del real, las buñolerías. Tiendas adornadas con las cortinas más chillonas y llamativas, con lazos de todos colores (…). Dentro unas cuantas mesas y sillas; en la puerta el fogón repleto de combustible, con la sartén colmada de hirviente aceite, en que cae la blanca masa, que sale hecha dorados buñuelos o retorcidos calentitos, como aquí llaman a los churros; y junto al fogón la morena gitana, de ojos negrísimos, con su vestido de volantes y el pañuelo de espumilla cruzado al talle”, publicada el 26 de abril de 1897 en El Globo de Madrid.