El bloqueo político y la falta de asistencia internacional de los últimos años condena a la población de los campamentos de Tinduf (Argelia) a una vulnerabilidad aún mayor
Cincuenta años después del inicio del exilio saharaui, que iba a durar días, no décadas, la vida en los campamentos de Tinduf (Argelia) continúa dependiendo casi por completo de la ayuda humanitaria internacional. Una asistencia marcada por altibajos constantes y cada vez más condicionada por la polarización política global. La actual coyuntura internacional ha puesto contra las cuerdas al sistema de ayuda humanitaria y a la Ayuda Oficial al Desarrollo diseñado tras la Segunda Guerra Mundial.
La pandemia de la covid-19, la guerra en Ucrania y la multiplicación de conflictos abiertos —Gaza, Sudán, Libia, Siria o Yemen— han tensionado al límite la arquitectura humanitaria global. A ello se suma el auge de discursos contrarios a la cooperación internacional y la prioridad otorgada a los ajustes fiscales en los principales países donantes. Estados Unidos, la Unión Europea, Alemania y el Reino Unido —que en 2023 concentraban cerca de dos tercios de la ayuda oficial al desarrollo mundial— han aplicado recortes significativos en sus presupuestos.






