La “primacía” o “preferencia nacional” es la negación de la igualdad que consagraron la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Tratado de la UE y la Constitución Española
No nos engañemos. Alberto Núñez Feijóo es la ultraderecha, pues se comporta como si lo fuera: la existencia es la esencia. Él le abre paso. Él la presenta en la buena sociedad y le enseña a besar la mano de las señoras. Él acuerda con ella sus programas. Él la legitima. Él es quien pacta con ella en provincias, que así no se infecta, sino
o-es-ilegal.html" data-link-track-dtm=""> sus Guardiolas. Quien la entroniza donde pueda, a ver si le pagan con igual duro sevillano y le insertan en La Moncloa, su pasión única.
Feijóo no es Juanma Moreno, ni Marcelino Oreja, ni Íñigo Méndez Vigo, ni Miguel Herrero de Miñón, ni la tribu Gil-Robles, ni Adolfo Suárez, esas gentes de centro y de la derecha que merecen respeto. Algunos, mucho afecto. No levanta la voz cuando el genocida (presunto) impide por Pascua la misa católica en el Santo Sepulcro, no se ajunta con el Papa en su protesta. Y luego querrá comulgar cuando el Pontífice venga a España.
No protesta si Donald Trump y sus esbirros asesinan a ciudadanos pacíficos en Minneápolis. Jamás dijo nada contra los desmanes antiinmigrantes de Viktor Orbán, o de Giorgia Meloni, y menos ahora que va de antitrumpista. Nunca encuentra el modo de solidarizarse con los palestinos, o los pensionistas a los que regatea su voto en los paquetes de escudo social, ni con las mujeres iraníes bombardeadas, solo las utilizó apelando al burka —inexistente en España—, para sostener que el derecho internacional es el último de la fila.






