Un quinto ‘victorino’ anovillado y escurrido provocó las primeras muestras de desagrado de lo que va de feria; el resto, justo de presencia y con atisbos de clase en la muleta
Por fin. Ya era hora. Por fin, esta tarde hubo protestas en La Maestranza. Ocurrió a la salida del quinto toro de Victorino Martín, que tardó en pisar el ruedo varios minutos mientras su lidiador, Manuel Escribano, lo esperaba de rodillas en los medios. Pero fue atisbar la puerta de toriles, y muchos espectadores manifestaron su desagrado, y no era para menos. Mirandés, que así se llamaba, de 539 kilos de peso según la tablilla, era un novillete impresentable para una plaza de primera categoría, esmirriado y escurrido, una sardina vergonzante. Las protestas fueron a más, arreciaron cuando Escribano se empeñó en banderillearlo, lo que hizo nervioso y sin acierto, y, al final, cuando el animal se comportó con desbordante sosería y sin clase alguna en la muleta.
Protestas, sí, pero el toro se lidió. ¿Responsables? El ganadero que lo eligió, el empresario que lo compró y la autoridad que lo aprobó. Pero el asunto no pasó a mayores. No es el primer toro impresentable que se lidia en esta feria, pero sí el que ha marcado un punto interesante.






