La cita catalana seduce a tenistas y aficionados con un formato cada vez más excepcional, el de una sola semana, que favorece la calidad y el seguimiento

Rostros felices en el Godó, envuelto con gusto por la primavera y donde los tenistas pasean de un lado a otro entre familiaridad y espacios que sienten propios, suyos, reconocibles. Tenis de club. Frente a las estructuras estandarizadas y a veces impersonales de otros torneos pertenecientes a grandes multinacionales que siguen imponiéndose en el engranaje, Barcelona ofrece una singularidad y un espíritu genuino ya excepcional en el circuito que el número dos del mundo, Carlos Alcaraz, califica de “especial”. Es decir,

20/el-encanto-del-godo-a-falta-de-espacio-un-espiritu-unico.html" data-link-track-dtm="">un islote con encanto que comparte guiños estilísticos y conceptuales —entre las citas de relevancia— con Montecarlo y Queen’s, pero poco más. El resto, moles más o menos parecidas que responden al sistema monocolor actual.

Las pistas de Pedralbes atrajeron en su día a figuras como Björn Borg o Ilie Nastase, Ivan Lendl o Mats Wilander, del mismo modo que contaron con la presencia sistemática de Rafael Nadal —12 títulos, el más laureado— y ahora de Alcaraz, quien hace tres días se marchaba antes de lo previsto —lesión de muñeca, adiós también Madrid— y encuentra un oasis en la semana catalana. Frente a escenarios postizos, orígenes y lo auténtico. “No tengo miedo a decir que quizá tocaba descansar esta semana, porque jugamos un Masters 1000 la anterior y luego vienen Madrid, Roma y Roland Garros”, decía el murciano a su llegada. “Tocaría un descanso, pero este es un lugar especial para mí y si el cuerpo me lo permite, voy a venir siempre”.