Su escalada consolida la transición generacional bajo el plan federativo que busca potenciar la base. En un mes se han duplicado los ‘top-100’: de cuatro a ocho tenistas

El polen revolotea sin parar por toda la Caja Mágica, donde estos días abundan los picores, los estornudos y las narices rojas. Rojo no, pero sí de llamativo color platino, luce el pelo desde hace unos meses el atrevido Dani Mérida, brillante incorporación para el presente y el porvenir del tenis español. “Es un sueño haber entrado en el top-100 y

tm="">haber ganado mi primer partido aquí, pero bueno, yo siempre voy paso a paso. Ya estoy pensando en trabajar más y en alcanzar el siguiente nivel. Quiero ir subiendo cada vez más”, decía el madrileño, tenista especial, después de sortear el jueves la primera ronda del torneo, haber firmado su primera victoria en un Masters 1000 y haber reforzado el estirón que le ha permitido romper varias barreras.

Sintomático su caso. Mérida, de 21 años y alcalaíno de origen, es uno de los grandes talentos nacionales de su generación. Sin embargo, como sucede en muchos casos, a su vuelo progresivo en la antesala al profesionalismo no le acompañaban los recursos económicos necesarios hasta que a él y su entorno no les quedó otra salida y se vieron obligados a maniobrar para sostenerse: movimiento, o probablemente la nada. Otra carrera truncada. No hubiera sido la primera. Así que el jugador se puso en contacto con la Real Federación Española de Tenis (RFET) para solicitar una ayuda que a posteriori ha resultado determinante en este florecer actual que le ha aupado al puesto 86 del circuito.