El nuevo modelo, evolucionado desde 2019, atrae y dinamiza la competición, pero sigue chocando con la saturación de torneos. En Bolonia solo ha jugado un ‘top-10′
Cuenta el director de la fase final de la Copa Davis, Feliciano López, que le gusta lo que ha visto hasta ahora en Bolonia. “Las sensaciones son muy buenas. No esperábamos otra cosa, pero los equipos están contentos y todo está saliendo muy bien. Estamos contentos con lo que tenemos ahora”, dice el toledano, el máximo responsable de que durante estos días el engranaje funcione y la Davis ponga el lazo a la sexta edición celebrada desde que se produjera el giro revolucionario. Recuérdese, 2019, un antes y un después. Atrás quedaban 125 años de historia: llegó él, un futbolista, Gerard Piqué, y todo cambió. O no. Nuevo formato, efectivamente; retoques en el calendario, pero respetando más o menos el origen; un desenlace en forma de traca final. Nuevos atractivos. Sin embargo, algo falla.
Decía Piqué en su día —con Manuel Carmena a su costado, en el Ifema de Madrid— que la competición y las federaciones estaban por encima de los nombres, que esto iba de equipos y no tanto de jugadores y que, en ese momento, habiéndose desmarcado Roger Federer del nuevo concepto, al suizo las piernas “le daban para lo que le daban”. Entró fuerte, a su manera. El caso es que él hoy ya no está, al considerar que la inversión (2.500 millones de euros) “no era rentable” y que no le cuadraban las cuentas. Su empresa, Kosmos, se desmarcó del proyecto en 2023, aunque la Federación Internacional de Tenis (ITF, la organizadora actual) respeta a grandes rasgos la idea implementada por el exjugador del FC Barcelona. Sin embargo, persiste uno de los grandes males que aquejaba el viejo formato: las ausencias. Numerosas y variadas.











