Para que uno sea reconocido como real tiene que demostrar “es” desde el punto de vista administrativo; no basta con presentarse y decir “hola”

Con el proceso extraordinario de regularización de inmigrantes empieza, para miles de personas, una carrera frenética por alcanzar la meta de la legalidad. Para que uno sea reconocido como real tiene que demostrar “es” desde el punto de vista administrativo; no basta con presentarse y decir “hola”....

Para esa transición administrativa hay que hacer acopio de una lista infinita de papeles que demuestren que uno existe. Hay que reformular el dualismo cartesiano: la división no es entre cuerpo y alma sino entre cuerpo e identidad registral. Para escapar de los márgenes de la invisibilidad hay que presentar certificados que demuestren toda una serie de hechos compulsados por autoridades reconocidas y competentes en el plazo establecido. Por ejemplo: hay que demostrar que uno nació. Ya se sabe que cualquiera puede nacer así, como si nada, pero los gobiernos no tienen por qué creer que usted lo hizo, eso de nacer, sin un papel que dé fe de ello. También necesitará usted un certificado de antecedentes penales limpio de todo delito o falta, por pequeña que sea. Se le exige, como es normal, un comportamiento intachable para sumarse a la condición de “residente legal”, español en barbecho. ¿Cómo sería el panorama patrio si se pidieran los antecedentes a todos los españoles de nacimiento? ¿Cuántos quedarían automáticamente descartados de la condición de “ciudadanos”? Cuenten los sentenciados por corrupción. No quedaríamos más que cuatro gatos. Intachables pero pocos.