Mis remilgos democráticos sonarán a pejiguerías de primer mundo, burocratismos de pijo, pero yo hubiera preferido que este procedimiento pasara por el Congreso
Si yo fuera uno de los beneficiarios de la regularización masiva, me la traerían al fresco las componendas, triquiñuelas, cálculos, atajos, jueguecillos y tocomochos que han sido necesarios para su aprobación. Tampoco me importaría ni un bledo quién se atribuye el mérito ni qué motivos reales esconde. Solo celebraría que mi vida insegura, sometida al miedo constante a la deportación, a la provisionalidad perenne y a la marginación, iba a mejorar un poco. O un mucho, según los casos. No me arreglaría la vida, por supuesto. Seguiría siendo complicada y áspera, pero con unos papeles que amortiguarán lo más grosero de la intemperie.
Desde la perspectiva del beneficiario, mis remilgos democráticos sonarán a pejiguerías de primer mundo, burocratismos de pijo que nunca se ha desvelado por miedo a que un policía lo meta esposado en un avión. Quizá tengan razón, pero yo hubiera preferido que este procedimiento pasara por el Congreso y se aprobase como ley, tal y como parecía posible hace un año. En una democracia, las formas no son adornos banales. No da lo mismo un camino que otro porque el fin nunca justifica los medios. Y estos pueden ser legales, pero si son demasiado torticeros, pervierten el espíritu de la reforma.







