He descubierto un placer difuso en eso de escuchar cómo mis vecinos de calle cantan los goles antes de que yo pueda verlos

Como comparto mi cuenta de fútbol con mi padre y hermanos, y solo puedo ver algunos partidos por ordenador, las jugadas me llegan con unos 30 segundos de retraso respecto a la realidad. Es un inconveniente al que he terminado cogiéndole cariño porque los seres humanos somos así de retorcidos, nos acostumbramos a cualquier desgracia si le encontramos un ángulo medianamente poético. En mi caso, he descubierto un placer difuso en eso de escuchar cómo mis vecinos de calle

ortes/eurocopa-futbol/2024-07-14/video-la-celebracion-de-los-goles-y-de-la-victoria-de-espana-en-las-pantallas-gigantes-de-mataro-y-madrid.html" data-link-track-dtm="">cantan los goles antes de que yo pueda verlos. Seguramente porque en ese pequeño intervalo de tiempo cabe toda la imaginación posible, el gol puede ser de cualquiera.

La verdad es que hay algo de lirismo en el sonido de una ciudad rasgándose durante los goles de los partidos importantes; cuando puedes escuchar un clamor unánime y visceral parecido al canto de una manada de ballenas, un rugido monocorde, un estruendo que no viene de una dirección concreta, que casi parece emerger del asfalto mismo escalando fachadas hasta atravesar puertas y paredes.