Nos sintonizamos al dar palmas, al gritar en el estadio. Y cuando nos influye una idea generalizada, aunque sea falsa
Se puede notar en las emisiones de radio en directo cuándo entra una grabación y cuándo habla un redactor cuya voz se transmite al aire del instante. Quien dirige el espacio da paso a la crónica y el oyente atento sabe deducir si se halla ante una comunicación simultánea o, por el contrario, ha sido registrada con anterioridad para su emisión en diferido. ¿Por qué?...
Los aplausos en los teatros suenan acompasados aunque no haya mediado ensayo del público para tal conjunción rítmica. Ocurre también con las palmas que animan a un equipo; y con la gran mayoría de las voces que corean una protesta o que cantan cuando los intérpretes de moda se callan de pronto y muestran el micrófono al público para que articule el estribillo: de repente percibimos que los asistentes se han conjuntado con la armonía adecuada. Nos afinamos unos con otros, aun sin disfrutar de conocimientos musicales, ni siquiera de un buen oído. Y un estadio entero que vocea en el mismo tono (a elegir entre 12 tonalidades básicas mayores y 12 menores) no deja de ser un pequeño milagro.
Así sucede con las tertulias. El sonido de los participantes se va afinando de forma inconsciente, hasta adquirir una tonalidad común cuya ruptura se nota enseguida si alguien eleva la voz; momento en que los demás la suben también, para equipararse de nuevo. Otro tanto ocurre cuando se da paso a periodistas y colaboradores: la persona que presenta el espacio va estableciendo un tono con el que se igualan quienes están en disposición de hacerlo… pero no quienes han dejado su crónica grabada.






