Hoy los campos son aún más difíciles de interpretar por los cambios sociales, la profanación turística y las consecuencias de los estilos futbolísticos

Fue en el Santiago Bernabéu donde aprendí que el silencio de las multitudes es sólido, consistente. En esos partidos tediosos en los que el equipo jugaba como un grupo de funcionarios, el silencio se metía en la sangre y castigaba como un grito. Como si la gente entendiera que le estábamos arruinando un buen plan: el fútbol se inventó para liberarnos del sufrimiento y de la rutina de la semana, no para agregar aburrimiento y estrés. El estadio, como siempre, es un buen termómetro social....

Pero hoy los estadios son aún más difíciles de interpretar por los cambios sociales, la profanación turística y hasta las consecuencias de los estilos futbolísticos. En general, cuesta interpretar al Bernabéu salvo en el apoteósico estallido de orgullo de las remontadas. Tampoco es fiable el ruido de fondo exagerado y cutre de las redes sociales. El hincha grita, alegre o indignado, durante un partido y el resto de la semana deja de existir, salvo en ese estadio virtual, caótico y enfermizo. En el estadio, el ruido dura noventa minutos. En redes es permanente y para nadie es un juego.