Dos entrenadores echan los días ajustando piezas de sus lujosas máquinas, estudiándose con obstinación para librar una batalla táctica perfecta, moviendo en la pizarra bloques de presión y desplazando sus piezas como mariscales. Empieza el partido y aparece el fútbol, o sea los futbolistas. Cositas.
Asencio recibe un balón al borde del área pequeña, se le va el control y, relajado, que por algo estamos en julio y en Nueva York, tarda unas décimas de pachorra en ir a por él. Robo y gol de Fabián: minuto seis. Estaba frotándose las sienes el Madrid, aturdido en la mecedora, cuando Rüdiger le pega al aire en lugar de al balón. Como último hombre. Pasaba por allí Dembélé, que está pasando por todas partes, y se va en vuelo hacia la portería a marcar el segundo: minuto 9.
Dos errores de una defensa en tembleque infantil y 2-0 en unas semifinales de un Mundial de Clubes contra el campeón de la Champions. Sí, el fútbol y sus severas circunstancias, su relación con el azar, con el sistema nervioso. Pero antes del minuto 6, antes del primer gol, Courtois salvó dos goles. Uno en estirada de antología, y otro para el que no hay explicación salvo la divina, explicación casillesca, como aquel gol que salvó Iker en el Sánchez Pizjuán y que aún siguen estudiando en el Vaticano. O sea que se regalaron dos goles, pero antes de esos regalos ya podía ir el Madrid 2-0 abajo.






