Lo que se vio en el Bernabéu fue un enfado generalizado de gente que se siente dueña del club y que quería expresar su descontento, y por mucho que Arbeloa sepa, me animo a recomendarle que no sea divisorio

Como si el fútbol fuera una ceremonia, las aficiones cargan el estadio con una electricidad colectiva, un clima que atrae y atrapa. Una amalgama entusiasta, patriótica y nuestra de la que nos gusta formar parte. Ser de un club es pertenecer y, en una sociedad cada día más fraccionada, hay que agradecerle al fútbol su capacidad para crear comunidad.

Si los estadios hablaran deberían decir, como el apocalipsis, “los tibios serán vomitados”. Porque al fútbol llevamos lo mejor y lo peor de nosotros: nuestro amor infantil por un equipo, pero también un fanatismo que pone las emociones al mando. Desde los dos extremos es fácil que se nos vaya la olla.

Viendo un partido con Alfredo Di Stéfano al final de su vida en el Santiago Bernabéu, discutíamos no sé a cuento de qué. Como me puse muy racional, me frenó en seco, apuntó a la gente con su bastón y dijo: “pídele a uno solo de estos que piense”. En efecto, a la cancha se va a sentir.

Somos más dóciles en rebaño que en soledad, más fácil seguir desde atrás que pensar. Pero una afición es un ser vivo que cambia al ritmo de la sociedad. El perfil del Bernabéu no es el mismo ahora que cuando la mayor parte del estadio estaba de pie, cuando los Ultra Sur ejercían un poder mafioso, cuando los turistas aún no habían llegado en busca de una experiencia…