Creo que recordamos con nostalgia momentos futbolísticos con nuestros padres porque son instantes que sobresalen entre nuestros recuerdos de ellos en casa
Bajando la rúa Manuel de Castro, camino de Balaídos, mi padre me habló por primera vez de José Carlos Suárez, Nené Suárez, el futbolista que más admiraba. Lo hizo con los ojos muy abiertos: “Luci, Nené tenía el mayor de los talentos. El mejor jugador del Celta entonces. Y yo tuve la suerte de jugar con él en las categorías inferiores”. Fue la pr...
imera vez de muchas. Yo fingía interés porque cuando mi padre me hablaba de futbolistas de los años setenta todo me sonaba antiquísimo. Al llegar al estadio, me compraba algo de comida, me subía la cremallera del chubasquero hasta rozarme la barbilla y me ordenaba que me sentase.
Hace una semana fui yo la que le subió la cremallera del abrigo a mi padre —siempre se le atasca—, le acomodé el gorro para taparle las orejas y le dije que se sentase porque llevaba horas arrastrando un intenso dolor de espalda y de pies por todo Belgrado. Estábamos en el Rajko Mitic viendo la eliminatoria de Europa League del Celta frente al Estrella Roja. Mi preocupación por los tramos de escaleras excesivos, el frío o el cansancio seguramente se pareció bastante a la que él tenía en los años noventa cuando me llevaba a ver el fútbol siendo yo una cría. Entonces yo solo veía el partido, él veía también los riesgos. El otro día yo no solo vi el partido, también los riesgos. Así que pensé que es muy cierta esa campaña reciente y preciosa de LaLiga que dice que la vida es lo que pasa entre que tu padre te lleva al estadio y tú lo llevas a él.






