Apenas tenía siete años cuando mi padre apareció una noche de verano de 2008 arrastrando por el pasillo la caja enorme de un televisor de pantalla plana. En casa aún sobrevivía aquella vieja tele gris de tubo que necesitaba su tiempo para encenderse. Mi madre, resignada, pero no ajena a la crisis que azotaba el país, se llevó las manos a la cabeza. “¿¡Pero qué has hecho!?”, le gritó. Mi padre respondió con dos frases y una media sonrisa mientras buscaba miradas cómplices en mí y mi hermana: “Estaban en liquidación. Y este año hay Eurocopa, y dentro de dos, Mundial… habrá que ver bien cómo ganamos”. Aquella tele fue un capricho, pero también una ventana a algo nuevo en una casa donde reina la Fórmula 1, y no el fútbol. Algo cambió con esa pantalla brillante y la promesa de futuro que mi padre pronunció como excusa.
De la Eurocopa de 2008 apenas guardo en mi memoria la euforia de la victoria. Del Mundial de 2010 de Sudáfrica lo recuerdo todo. El sillón rojo frente a la tele, la tensión y el sufrimiento de cada partido, los goles de Villa, el cabezazo de Puyol tras el centro de Xavi contra Alemania, las manos sagradas de Casillas, su imagen levantando la copa o el patadón de De Jong a Xabi en el pecho en la final agónica contra Países Bajos. Y, sobre todo, el gol de Iniesta en el 116. Ese instante que 16.675.000 personas vieron en sus casas y en el que todo un país contuvo el aliento. La calle fue un termómetro de emociones colectivas: antes del gol, silencio absoluto; después, un rugido de alegría y una fiesta que duró horas, días, meses. Incluso mi madre, muy lejos de ser fanática del fútbol, vagaba por la casa y se refugiaba lejos de la tele para no sufrir. Yo, que jamás había tenido camiseta de la selección, corrí a comprarme una solo por aquella estrella dorada cosida en el pecho.






