En el partido que sustituyó a la Finalissima, la Roja apabulla a una Serbia que trató de resistir, doblada por otro derroche coral culminado con dos goles de Oyarzabal y uno del debutante Víctor Muñoz
Esta selección española es como las amistades más felices de la infancia, que iluminan independientemente de cuándo se retomen. Contra Serbia, siguió donde lo había dejado en noviembre, con la misma inercia apabullante y el mismo acierto deslumbrante de Mikel Oyarzabal, que con sus dos goles enlazó cinco partidos seguidos anotando, un nueve demoledor en un equipo que a veces se pregunta si tiene nueve. Y el futbolista de la Real, con España, siempre responde lo mismo, esta vez para abrir el camino a la victoria contra una selección Serbia que trató de resistir y tampoco pudo ante una maquinaria donde funciona todo, hasta Víctor Muñoz, el último en llegar, que se estrenó marcando el tercero.
No era Doha, donde tenía pensado haber estado ayer noche España disputando la Finalissima contra Argentina, sino un amistoso cerrado de urgencia por la guerra y las evasivas de Scaloni; no jugaban por un título, pero con este equipo da igual el contexto. Luis de la Fuente pulsó hace tiempo el interruptor que activa el modo de competición total, y de ahí no sale su pelotón. Llevaban cuatro meses sin juntarse, pero no lo parecía. Como tampoco se notaba que Lamine Yamal no hubiera estado desde septiembre del año pasado, o que Rodri no hubiera sido titular desde 2024. España activa su modo voraz en cualquier escenario. Salió yendo a buscar muy arriba al rival, acosando incluso al portero en la salida, impulsado por ese hambre que no se evapora. Aunque también es cierto que los tramos en los que persigue la pelota suelen ser muy breves. También contra Serbia la mayor parte del tiempo fue un monólogo, esa mezcla desesperante e indescifrable de control y picotazos desplegada alrededor de Rodri, de vuelta, con poso y criterio.






