China ya no es una potencia emergente, sino una superpotencia que rivaliza con Estados Unidos para ser el líder económico y cultural de nuestro tiempo

En aquellas fechas todo lo que debía subir, subía, y todo lo que debía bajar, bajaba. Entre lo primero, la producción, el empleo, el dólar, la inversión, los ingresos, las exportaciones, la confianza de los consumidores y de las empresas, la Bolsa de valores, etcétera; entre lo segundo, la inflación, el paro, el déficit público, los tipos de interés… Únicamente se manifestaba contraria a esta lógica la desigualdad, que cada vez era más amplia, pero que aún no formaba parte del mainstream de la política económica de la época. Se consideraba cierto aquello de que si uno alimenta al caballo con avena algo acabará cayendo en el camino para los gorriones.

Eran los noventa del siglo pasado. El ciclo estaba a punto de vencer. El sheriff se llamaba Bill Clinton. Aquello se denominaba nueva economía o, en plan más coloquial, ricitos de oro, la niña rubia del cuento de los tres ositos. Pocos dudaban de que el siglo XXI también correspondería a la hegemonía americana, como el siglo XVII había sido francés, o el XIX británico. El que menos dudaba era Clinton. En uno de sus discursos del estado de la Unión había dicho que gracias al trabajo y a la altura de miras del pueblo americano estos eran buenos tiempos para América: tenían el paro más bajo del último cuarto de siglo, la más baja inflación y las rentas subían. El presidente defendía el ascensor social: “El sueño americano con el que nos han educado es sencillo pero muy poderoso. Si trabajas duro y respetas las reglas, tendrás la oportunidad de llegar tan lejos como lo permitan los talentos que Dios te ha dado”. Tiempos felices.