Bruce Miller imprime un espíritu jugosamente continuista a la secuela de ‘El cuento de la criada’, que parte del extremo opuesto —el supuesto privilegio de las clases más altas— para acabar en el mismo terrorífico lugar, convirtiéndose en una potente advertencia
Cuando el 10 de septiembre de 2019, Los testamentos, la inesperada secuela de El cuento de la criada, el clásico distópico
data-link-track-dtm="">de Margaret Atwood —más en la cresta de la ola que nunca desde su publicación en 1984 gracias al estreno de la serie de televisión protagonizada por Elisabeth Moss—, llegó a librerías, Donald Trump era ya el presidente de los Estados Unidos. ¿Recuerdan aquel primer mandato? Hay una frase en Los testamentos que la fiel adaptación catódica de Bruce Miller (el showrunner es el mismo que el de El cuento de la criada) conserva, y describe tan fielmente lo ocurrido que se diría que Atwood es la única que está plantando cara desde el mainstream al delirio de odio contemporáneo, y el abuso de poder de magnates totemizados y aparentemente blindados. La frase es la siguiente: “Gilead no se creó de la noche a la mañana”.
En realidad, la frase que importa de verdad es la que sigue a esa: “Los candidatos a presidente empezaron a decir cosas horribles de los gais y las mujeres y nadie se lo tenía en cuenta, se pensaba que exageraban, pero no era así, y les votaban igual”. La dice el personaje de la forastera Daisy, una Perla recién llegada a Gilead. Recuerden, la Perla es una joven adolescente que no forma parte de Gilead, que ha crecido fuera. En concreto, en Toronto, Canadá —el lugar del que no casualmente procede Atwood—. Daisy (Lucy Halliday) tiene una misión en esta serie de Disney+. Pero no adelantemos acontecimientos. ¿No creen que esa frase está describiendo a la extrema derecha en auge en todo el mundo, al describir a Donald Trump? ¿Y no llega en el más apropiado de los momentos, cuando Estados Unidos está más cerca que nunca de adentrarse en algún tipo de abismo social?








