Gore Verbinski ha compuesto una aparente gamberrada a la que le perjudican sus ansias de rareza a toda costa

En un momento en que la sempiterna brecha generacional comienza a surgir no ya como simple disensión de ideas culturales, sociales y morales, sino como verdadera batalla económica entre padres e hijos en torno al estado, una comedia de ciencia ficción de apariencia idiota como Buena suerte, pásalo bien, no mueras tiene bastantes más cosas que decir de las que aparenta su enmarañada imagen de producto cafre para tiempos complejos. El problema es que la estructura y el tiempo dedicado a cada una de sus vertientes genéricas (la ciencia ficción, la aventura, la acción y la comedia) están tan mal medidos, que las ideas apenas surgen como borbotones de ingenio que se espachurran al menor co...

ntacto con el análisis.

En los primeros minutos, una imagen simbólica (o quizá puramente física) podría ejercer de paradigma: dos profesores de secundaria huyen por las clases y pasillos de su instituto ante la legión de adolescentes adormecidos que los persigue, zombis dispuestos a matar, con la mirada clavada en su móvil, que agarran como una extensión más de su cuerpo. Matthew Robinson, guionista en solitario forjado en la extrañeza subversiva, y Gore Verbinski, director experimentado tanto en el espectáculo de género (Piratas del Caribe) como en el singular desmoronamiento personal (El hombre del tiempo), y entre ambas cosas se mueve su película, han compuesto una aparente gamberrada a la que quizá le perjudiquen sus ansias de rareza a toda costa y, sobre todo, la falta de medida narrativa.