En los últimos años, el cine español ha avanzado notablemente en su dimensión visual. La iluminación, el diseño de producción, el cuidado en la puesta en escena y una cierta sofisticación técnica han dejado atrás una cierta aspereza de épocas anteriores. Sin embargo, en ese afán por el empaque formal, a veces se echa de menos lo más básico: una historia que respire humanidad. Que sus personajes nos importen. Que la empatía supere al envoltorio. Y ahí es donde La buena suerte, décimo largometraje de Gracia Querejeta, encuentra su mayor virtud.
Basada en la novela homónima de Rosa Montero, La buena suerte no es una película redonda. Su dirección, sin ser plana, opta por una puesta en escena contenida, incluso académica. La imagen, apagada en ocasiones, parece rehuir el brillo. Y la parte más próxima al thriller, esa deriva hacia la sospecha criminal, puede generar dudas de credibilidad. Pero es justo en lo que otras veces falta donde aquí se gana el partido: la hondura de los personajes, su carnalidad, su calidez. No hay fuegos artificiales, pero sí personas a las que amar.
El punto de partida puede parecer forzado: un arquitecto (Hugo Silva, doliente y sobrio) se baja de un tren en marcha y se instala en lo que a todas luces es un pueblo desangelado, un lugar “de mierda”, como repite el propio personaje. Pero lo que en otra historia podría sonar a impostura aquí se convierte en una fábula naturalista sobre la redención y la búsqueda. Lo que empieza como una huida termina siendo una salvación inesperada. No es una historia de grandes gestas, sino de pequeños gestos.






