La premisa del primer episodio de ‘La suerte’ es cierta: la tauromaquia es hoy en España algo misterioso y ridículo, invisible para quien no vaya a la plaza

No va de toros. Ni de toreros. Ni de debates entre taurinos o antitaurinos. La suerte, sin duda la serie española más imprevisible, atípica, divertida (en dura competencia con Poquita fe), bella y profunda del año, va sobre la amistad, presentada sin retórica ni rodeos, con una eficacia digna de

ps://elpais.com/noticias/billy-wilder/" data-link-track-dtm="">Billy Wilder.

Hacia el final, La suerte (ya disponible en Disney+) tiene un par de escenas mínimas y sutilísimas con la misma belleza rotunda de los finales de El apartamento o Con faldas y a lo loco. La suerte trata la amistad como un enamoramiento, una aproximación azarosa entre contrarios que, una vez cruzados sus caminos, no pueden separarse. Hay un tono wilderiano muy conmovedor en toda la historia. Pocas veces he visto la amistad en el cine tan bien expuesta como en una escena solitaria de Óscar Jaenada en el último capítulo, tumbado en la cama de un hotel.

Estoy de acuerdo con el sabio taurino de este diario, Antonio Lorca, cuando dice que “la tauromaquia es solo el telón de fondo”. No lo estoy cuando dice que Paco Plaza, Pablo Guerrero, Borja Glez. Santaolalla y Diana Rojo —creadores a ocho manos de esta maravilla— están “empeñados en dejar patente su convencimiento de que los taurinos son personajes del pasado, ajenos a los patrones morales de la modernidad, malencarados, gente poco fiable”. La cuadrilla se narra desde el personaje de Ricardo Gómez, un joven opositor que conduce un taxi, y conforme comprende y aprecia ese mundo, la corte taurina pasa de caricatura a redondez, rozando lo trágico. Desde el capítulo titulado Compañero, desaparece cualquier tentación de burla o desprecio. Y el torero que interpreta Óscar Jaenada se eleva mayúsculo y emocionante.