El filme posee todos los ingredientes para llevar al público a las salas y muestra un notable empaque de producción

El cine español sigue tachando retos hasta hace poco impensables, cumpliéndolos con solvencia y en muy distintas órbitas de la creación y la producción. El último, componer una película deportiva a la americana, en la línea de lo que hace apenas ocho meses supuso F1: la película, con Brad Pitt como estrella, y dirigida por Joseph Kosinski —550 millones de euros de recaudación en todo el mundo; 1,2 millones de especta...

dores en España—, pero con lo que (casi) siempre fue nuestra Fórmula 1: el mundial de motociclismo. Ídolos es una historia ambientada en el campeonato de Moto2, que conforme avanza el relato se adentra también en el de MotoGP. Salvando las distancias, que las hay, pues la estamos comparando con un producto de entre 200 y 300 millones de presupuesto, la apuesta tiene el porte suficiente. Posee todos los ingredientes para llevar al público a las salas, muestra un notable empaque de producción y, aunque acumule un buen número de clichés en su narrativa, no tiene más que cualquier producción estadounidense al uso.

Para empezar, la sistemática de preproducción y composición del reparto parece perfecta. Como Italia y España han dominado históricamente las tres categorías del mundial, y ahí está su presumible público, se monta una coproducción entre ambos países, con intérpretes italianos y españoles. Se escoge como protagonista a un chico con tirón, que además tiene toda la pinta física de uno de esos ambiciosos chavales de las motos que hablan inglés con el mismo morro con el que se juegan la vida en cada curva: Óscar Casas, demoledora sonrisa que le viene de familia, con semejante ímpetu juvenil que su hermano Mario. Se elige como antagonista a un italiano de gesto turbio y ojazos azules que ejerza de villano: Saul Nanni. Para la historia de amor, que siempre la hay, se ficha a una chica que sea una estrella de las redes sociales (y de la música), guapa y cercana, Ana Mena, sin demasiada experiencia como actriz, pero que cumple con eficacia, sobre todo en las secuencias de buen rollo. Claudio Santamaria, notable actor italiano acostumbrado al cine popular en títulos dirigidos por especialistas transalpinos como Paolo Genovese, Gabriele Muccino y Michele Placido, ejerce de entrenador, además de padre ausente del protagonista, en una de las tramas dramáticas de la historia.