Las elecciones del domingo son un test para Orbán, pero también para la democracia desafiada por sus enemigos internos
Las elecciones del próximo domingo en Hungría no son unas más dentro del calendario europeo. Su significado trasciende las fronteras nacionales y se proyecta sobre el conjunto del continente como un test crucial de
6-03-28/los-enemigos-de-la-ue-se-retratan-en-budapest.html" data-link-track-dtm="">la resiliencia democrática de la Unión Europea y de la capacidad de las derechas radicales para consolidar y exportar un modelo político alternativo al liberalismo democrático. Lo que está en juego en Budapest no es únicamente la continuidad de un liderazgo, sino la validación o el cuestionamiento de un experimento político que, durante más de una década, ha redefinido los límites de lo posible dentro de la UE.
Desde su segundo mandato, que comenzó en 2010 (el primero se inició en 1998), Viktor Orbán ha impulsado una transformación profunda del sistema político húngaro. Bajo la retórica de la democracia iliberal, su Gobierno ha llevado a cabo una progresiva desarticulación de los contrapesos institucionales, una captura de los medios de comunicación y una reconfiguración del sistema judicial que han suscitado una creciente preocupación internacional. No se trata de un proceso abrupto, sino de una erosión paulatina, sofisticada y legalista del Estado de derecho, tal y como explican Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su Cómo mueren las democracias.
















