Carlos Cuadrado, campeón junior de Roland Garros, abandonó el tenis por las lesiones y se lanzó a dar a vuelta al mundo en velero
Los recovecos de la mente humana forman un territorio apasionante e intrigante. Y el deporte es un entorno fantástico para adentrarse en él. Por ejemplo: un tenista disputa la final junior de Roland Garros. En el primer set va ganando por cinco juegos a cero. En su cabeza hay una idea constante —y, hasta cierto punto, lógica—: la cosa se tiene que complicar en algún momento. Esa idea se convierte en duda cuando el rival suma su primer juego. El resultado sigue siendo muy favorable y, sin embargo, es necesario hacer un ejercicio de control de los nervios. De no lograrlo y a pesar de la ventaja, el partido podría dar un vuelco. Pero el rival no huele esas dudas. Al revés, las transmite ...
con su mirada. Y entonces el miedo se ubica de forma definitiva en el otro lado de la pista. Más allá del apartado físico y técnico, la cabeza ha jugado un papel determinante.
Otro ejemplo: el mismo deportista —ya con el título de campeón junior de Roland Garros en su palmarés— sigue recibiendo mensajes de su cuerpo que le alertan de que algo no va bien. Primero fue la rodilla. Luego, las caderas. Y, sin embargo, continúa peleando para regresar a una senda que no volverá a pisar. Le operan varias veces. Gracias a su talento, surge algún breve destello. En el fondo sabe que son solo eso, destellos, pero su mente le invita a seguir. Y así llegan el enfado, la frustración y el prematuro final de una prometedora carrera. También una oportunidad pare reinventarse.






