Una muñeca en el tenis es el lugar donde el talento se afina o de repente se descompone
Carlos Alcaraz no estará en Madrid, no estará en Roma ni estará en París, en principio. O quizá sí, porque el acceso a las capitales europeas de momento no se le va a prohibir, pero no jugará los torneos de la temporada de tierra. Por una lesión cruel: se habla de tenosinovitis e incluso de la posibilidad de afectación del fibrocartílago. Todo ello en la muñeca, que es la articulación...
prodigiosa del juego de Alcaraz, su varita mágica.
Pongámonos, por tanto, serios. En Harry Potter y las reliquias de la muerte, el mago jovencito sufre una pérdida que va muchísimo más allá de lo material: la rotura de su varita. No sé si a alguien se la ha roto la varita alguna vez, o si no se le ha roto algo con lo que conseguía hacer lo imposible, que es parecido. Esa escena de la saga es bastante descriptiva. Hablamos de un universo (como el madridista, por otro lado), donde la magia depende de un vínculo íntimo entre mago y herramienta, así que la fractura de la varita es una ruptura simbólica. Harry no pierde su poder, pero sí su forma más sencilla y demoledora de ejercerlo.
Es lógico que el equipo de Alcaraz haya reclamado tiempo y prudencia: no vale cualquier muñeca, ni el brazo en cualquier estado que no sea el original. Harry Potter, su autora JK Rowling, enseña que otras varitas pueden funcionar, pero no responden igual. Falta precisión y confianza porque no todas las varitas son iguales, ni todos los poderes tienen el mismo precio. Frente a la épica de los duelos, la saga recuerda aquí algo más elemental: que el control, en la magia como en cualquier otra disciplina, depende tanto del talento como del instrumento. Y el de Alcaraz, como el de Harry Potter, es imprevisible, caótico y genial.








