El ciclista guipuzcoano remata a Quinn Simmons en el último repecho para imponerse en Estella en la carrera que sirve de prólogo a la Itzulia

Se diría que nada cambia en Estella el primer sábado de abril. Miguel Indurain se sigue mareando en el coche junto a Mitxelena, los aficionados de siempre siguen buscando el pincho de rebozados para pasar el vino en los bares de las esquinas antes de sumergirse en el guiso de potxas y los espárragos gordos y gustosos de abril, para mí, y Ion Izagirre no pierde la costumbre de ganar la carrera, esté la meta en la subida a la basílica del Puy, como hace 10 años, cuando su primera victoria, lo esté en el paseo de la Inmaculada amenazada su anchura por una parada de autobús, como este sábado. Más que una tradición es una necesidad, para él, para el ciclista guipuzcoano que, en el nuevo punto decisivo de la clásica navarra dedicada al gran Miguel Indurain, el muro de Ibarra, en la entrada de la antigua Lizarra, aprieta los dientes bajo el casco de conquistador, le da duro a los pedales y acelera y deja clavado al insidioso norteamericano Quinn Simmons. Es el triunfo de un cierto sentido del ciclismo, la tierra, el pueblo, Euskadi, que encarna como ninguno en estos tiempos difusos el corredor de Ormaiztegi.